Comunicación eficaz.

Nos comunicamos todos los días pero pocos son los que nos paramos a pensar lo que significa verdaderamente. Nos han contado mil veces el esquema que indica que la comunicación es un proceso en el que un emisor (quien quiere decir algo) emite un mensaje, a través de un canal (por escrito, a viva voz…) a un receptor (el que lo recibe) con un objetivo para producir un impacto o efecto en él. La parte más importante de este esquema, es la que se suele olvidar: el feedback o la respuesta que el receptor nos da para trasmitirnos que ha entendido nuestro mensaje.

Hablamos todos los días con mucha gente pero pocas son las veces que nos comunicamos de verdad. Se nos olvida que puede ocurrir que aún haciendo uso de la misma palabra, emisor y receptor no están entendiendo lo mismo, porque cada uno hace adaptaciones personales de la palabra en cuestión. Y esto, ¿a qué se debe?

Cada persona es única. Cada uno de nosotros tiene una serie de experiencias vividas que les lleva a formarse una manera de entender el mundo, las cosas… completamente diferente al otro. Son nuestras creencias.

Las creencias son una serie de esquemas, de reglas, para entender cómo es el mundo, cómo funcionan las cosas, cómo son y deben comportarse los demás, e incluso, yo mismo. Suelen ser reglas que me ayudan a predecir lo que va a ocurrir, a sacar conclusiones rápidas y a saber a actuar en cada momento. Por eso, cuando nos comunicamos, cada uno lo hace desde sus creencias, desde su óptica y si no nos paramos a comprobar si el otro ha entendido al cien por cien nuestro mensaje, será muy fácil caer en malentendidos.

Para un entrenador, la comunicación es la única vía para hacer llegar a sus jugadores la idea de juego que tiene en su mente, qué espera de ellos y cómo quiere que se desarrolle el partido. Y ha de contar con que sus deportistas tienen, como todas las personas tenemos, una percepción selectiva cuando recibimos un mensaje. Escuchamos de forma selectiva, basados en nuestras necesidades, motivaciones, experiencia, antecedentes y otras características personales. Viene siendo el refrán “uno escucha lo que quiere oír”. Si a esto le sumamos la gran capacidad que tenemos de suponer e interpretar intenciones del otro, una frase puede ser tergiversada con facilidad.

Un jugador, cansado de estar en el banquillo, cuando oye de su entrenador tras un mal partido “no corréis nada”, interpreta: “lo dice por todos, incluido yo, no me va a dar ni un minuto para jugar; así ¿para qué esforzarse?”. Desde su experiencia personal en el banquillo, suponiendo intenciones del entrenador y anulado por su baja confianza, llegará a una conclusión errónea. Puede que el entrenador sólo esté enfadado con los titulares porque no se esforzaron en el partido y peligra su puesto. Y por su mala interpretación, acaba de abandonar en su esfuerzo por jugar.

Tanta culpa tiene el que no comprueba si se ha entendido lo dicho como quien se queda con lo que le interesa oír. Hagámonos un favor todos, y cojamos la sana costumbre de PREGUNTAR, NO SUPONER.

 

Zoraida Rodríguez Vílchez
@ZoriPsicologa para IDEAL Granada

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